Mala conciencia

“La espera sin horizonte de espera, la impaciencia absoluta de un deseo de memoria”.

Jacques DERRIDA. Mal de archivo [hoja suelta].

 

Un año bajo la égida de Erato, la amorosa, me olvidé por completo de Mnemósine, quien precisamente era la madre, junto con el siempre lúbrico Zeus, de todas las Musas. Llegado este último día (laborable) de 2014 he sentido la necesidad (¿mala conciencia?) de señalar, sucintamente al menos, cuales han sido las “cosas de archivos” de las que he querido hablar y que, por una u otra razón, no he sido capaz de dejar registradas en este blog.

Desarchivo:

El poder no tiende a la destrucción, como a veces incluso yo he llegado a pensar, sino al desarchivo. Es un concepto del que fui consciente el año pasado en la bella ciudad de Zaragoza, convertido, inopinadamente, en usuario de un archivo de la administración de justicia militar. Mi pregunta es ¿cuándo esa función de desarchivo pasa a ser puramente archivística? Tal vez nunca. Siempre hay un poder por encima del archivo/archivero (algunos  dirían “¡afortunadamente!”, tal vez con razón). El punto de ruptura es la “persistencia del consignador” (utilizando una terminología derridariana). Que el archivo deje de  formar parte del engranaje político-administrativo del órgano que ha generado los documentos no quiere decir que se imponga un criterio puramente archivístico.

La Regla de conservación es un instrumento en el que se manifiesta la continuidad de esa tendencia al ejercicio de su poder por parte del productor, acumulador, incautador, coleccionista, hallador, etc.

Transparencia:

Algunas palabras parecen adquirir en nuestros tiempos un carácter totémico (en cuanto nos protegen de algo) y salvífico (en tanto evitan algo malo que ya se ha producido). Así la palabra transparencia, que significa en esencia ser evidente o que se deja adivinar, ha pasado a convertirse en una especie de mantra muy eficaz para arrancar de raíz el natural oscurantismo propio del Estado, así como una efectiva terapia contra su tendencia a declarar secreto todo aquello que le place.

Pero ni calidad en su día (hoy cotizando a la baja) ni transparencia ahora supondrán un giro copernicano para los archivos, ya que tienen relación con ellos sólo de manera tangencial, como tantas otras disciplinas y eventos relacionados con nuestras leyes y nuestra vida social.

 

Extinción:

Este año me he sentido como el personaje de la novela de Pirandello, El difunto Matías Pascal, que contempla su propia tumba. Me temo que, pese a los buenos propósitos en contra y las voluntariosas admoniciones  de muchos sabios y exégetas, los archiveros nos extinguiremos. Nosotros sólo podemos decidir si lo queremos hacer al estilo de Macbeth en la tragedia de William Shakespeare o al de Franz Josef Murau en la novela  Thomas Bernhard (titulada precisamente Extinción). En cualquier caso habrá que hacerlo con estilo.

Los motivos de este inevitable proceso son, fundamentalmente, dos pero se pueden incluir en un solo enunciado: no hemos sabido adaptarnos porque no nos han querido reconocer de acuerdo a como debemos ser nosotros mismos.

 

Nuestra única advocación posible, universal y confesable, es la Memoria:

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¡Feliz 2015 para todos!

 

[Imagen: MNEMOSYNE. Antioch mosaics in the Worcester Art Museum, Worcester, Massachusetts, USA. Dominio público.]

 

 

 

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