Distopías archivísticas

 

¡Cuán bella es la humanidad! Oh mundo feliz…

W. Shakespeare.

 

A los lectores y espectadores actuales parece fascinarnos que nos pongan en lo peor. Como si el mundo no fuera suficientemente injusto y nuestro comportamiento no hubiera demostrado ser lo bastante homicida a lo largo de la historia, nos regodeamos imaginando situaciones no sólo indeseables, sino manifiestamente perjudiciales para nuestra sociedad, nuestra cultura y, en definitiva, para la supervivencia de nuestra especie. Son innumerables los ejemplos de variantes y epígonos del género distópico,  que llenan las salas de cine y los expositores de las novedades literarias. Estilos en boga como el ciberpunk, el stempunk o el copiosísimo subgénero “cine de zombis” llegan incluso a abusar de este recurso.

 

La antiutopía -recordemos que el término utopía procede de la obra de Tomas Moro (1516) – parece tener una de sus primeras manifestaciones en la obra de un autor ruso, Yevgeni Zamiatin, Nosotros (1921). De hecho el propio George Orwel confesó que había realizado el planteamiento inicial de 1984 (1949) tras leer la novela y escribir una reseña. Otro hito del género fue Un mundo feliz (1932), de  Aldoux Huxley (la cita corresponde al verso de La tempestad que el autor utilizó para el título). Si nos centramos en el cine ¿qué película más influyente que Metrópolis (1927), de Friz Lang? Ni Blade Runner (1982)  ni The Matrix  (1999) serían concebibles sin ella.

 

Hace poco, en medio de las labores propias de mi profesión, tuve una sensación inquietante, como el bueno de Neo cuando recibe el mensaje: “Despierta, Neo, Matrix te posee. Toc, toc, Neo…” Y me pregunté: “¿Qué estoy haciendo? Soy un archivero y estoy dedicando la mayor parte de mi tiempo y mis esfuerzos a destruir los documentos que debería guardar celosamente para ponerlos a disposición de quien los necesite con objeto de garantizar sus derechos o realizar sus investigaciones”. Miré mis notas y documentos recientes y, efectivamente, todo cuadraba: actas de eliminación por todas partes, propuestas de reglas de conservación dictaminando la destrucción de varias series documentales. “¿Qué has hecho?”, me pregunté.  Pero, mirando a mi alrededor, me di cuenta de que no era yo solo, sino que todos estábamos sumidos en esa misma enajenación. Publicadas en diarios oficiales vi disposiciones que autorizaban a triturar documentos indiscriminadamente y noticias en prensa que hacían pública esta ciega destrucción. “¡NOOOOOOOOOO!” – grité -.

 

Bromas aparte, hay una reflexión que quiero hacer acerca de uno de los peligros que estoy apreciando en los últimos tiempos con respecto a la valoración de documentos. Creo que la labor del archivero se está viendo influenciada por la incapacidad por parte de la gran mayoría de los dirigentes políticos de dar soluciones efectivas para la adecuada gestión del ingente volumen de documentación que producen las Administraciones. De alguna forma, enterados de que existe la posibilidad de eliminar documentos de manera “legal”, los representantes de los tres poderes del Estado parece que hayan hecho suya la cruzada contra la explosión documental y a favor de la racionalización de espacios, pero con un criterio exclusivamente materialista, sin tener en cuenta el valor potencial que pueda tener la documentación. En este contexto se puede enmarcar la siguiente noticia aparecida en el Ideal: Expurgan más de 40.000 expedientes que colapsaban los archivos judiciales, de la que se pueden extraer perlas como estas: “… son viejos papeles, ya inútiles, que colapsaban los archivos judiciales”; “… hay toneladas de papel que se han archivado y que ocupan espacio en los edificios”.  Si nos atenemos a las disposiciones aprobadas en la materia, esta operación es perfectamente legal, ya que la Junta de Andalucía aprobó su eliminación. Pero yo quiero ir un poco más allá al preguntarme si cuando se emplean criterios como el gran volumen o el carácter repetitivo de los datos contenidos en los documentos estamos actuando correctamente como archiveros dando por buenas esas eliminaciones. Tampoco si el hecho de que una documentación sea anterior a tal o cual fecha le otorga mayor relevancia a la hora de ser o no conservada, como en el caso de los juicios de faltas posteriores a 1945  En este caso debemos  entonar también el “mea culpa” por el mimetismo de la decisión tomada ante la misma categoría documental hace pocas fechas. Otro caso visto recientemente es el de la documentación de oficinas de Extranjería (Resolución 10 de julio de 2013), en la que se propone “valorar en cada Oficina si el número de expedientes es suficientemente pequeño como para conservarlos todos”.

 

Fahrenheit451B

 

Los archiveros debemos intentar que la búsqueda de nuestro refrendo por los que ejercen el poder no termine convirtiéndose en la antiutopía de nuestra función en la sociedad. La utopía (conservarlo todo) VS. la antiutopía (eliminarlo todo). Y que, como en la otra gran novela distópica del siglo XX, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (en la que los bomberos son los ejecutores de la quema de libros por orden del “gobierno”), seamos los propios archiveros los encargados de quitar del medio todos los documentos que colapsan despachos y abarrotan naves o depósitos, limpiando así la conciencia de quienes toma las decisiones políticas y, por tanto, estaban obligados a dotar adecuadamente los sistemas archivísticos de sus Administraciones. Una cosa es que en el pasado la “selección natural” tuviera su peso en un contexto de indefinición y dispersión, y otra que la “selección artificial” funcione al margen de los propósitos de la normativa que nos regula y transgredamos los principios esenciales de nuestra profesión.

Nota: lo que escuché realmente fue el sonido anunciador de un nuevo mensaje en Wathsapp: “No te olvides de recoger a la niña”.

 

[Imagen: Cartel de la versión cinematográfica de Fahrenheit 451 (1966), dirigida por F. Truffaut. Use rationale]

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